vendredi 6 mai 2016

Bolívar a caballo en París

El monumento de Simón Bolívar se encuentra desde 1979 en Cours La Reina de París.

La estatua de Bolívar es una de las tres réplicas que las naciones bolivarianas: Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia y Panamá ofrecieran en 1930 a la ciudad de París en conmemoración del centenario de la muerte del Libertador.

París es un verdadero museo al aire libre, un caminante puede encontrar en sus calles, plazoletas, parques y jardines públicos, unas mil estatuas, obra de más de 400 escultores entre ellos los más célebres de los últimos tres siglos.

El Cours La Reina, esa avenida sembrada de olmos rigurosamente alineados que bordea la orilla derecha del río Sena de la plaza de La Concordia a Los Inválidos, acoge las estatuas ecuestres de Albert 1 de Bélgica, del Marqués de La Fayette, y en el lugar donde se cruza con el puente Alejandro III, la del Libertador Simón Bolívar.

La estatua de Bolívar es una de las tres réplicas que las naciones bolivarianas: Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia y Panamá ofrecieran en 1930 a la ciudad de París en conmemoración del centenario de la muerte del Libertador.

La obra original ejecutada en 1909 por el escultor francés Emmanuel Frémiet (1824 – 1910) se levanta en Bogotá, en el monumento a Los Héroes, en el Paseo de los Libertadores al norte de la capital colombiana. Las otras dos réplicas se ubican en las ciudades de Barranquilla, en el Paseo de Bolívar y de La Paz, Bolivia, en el Paseo del Prado.

La escultura en bronce encomendada a Emmanuel Frémiet por la ciudad de Bogotá con motivo del primer centenario del grito de independencia, muestra a un Bolívar en uniforme militar montado en su caballo teniendo en la mano izquierda las riendas y en la derecha con el brazo levantado formando un ángulo de 45 grados la espada apuntando al horizonte, el caballo aparece sólidamente parado en sus cuatro patas. La estatua se levanta sobre un zócalo de granito rectangular a dos niveles alrededor una franja decorativa y en letras doradas grabados el nombre del Bolívar, su fecha de nacimiento y los nombres de los países bolivarianos.

Las estatuas han conocido, como suele ocurrir en la historia, mudanzas y momentos agitados. La estatua ecuestre de Bolívar en París fue instalada en 1933 en la Porte de Champerret, en la Plaza de América Latina. Durante la Segunda Guerra Mundial, bajo la ocupación nazi en el año 1941 un decreto del régimen de Vichy ordenaba la fundición de monumentos de carácter republicano y de esta manera poder recuperar el metal, la estatua fue retirada y destinada a la fundición de la cual por suerte se salvó. Después de la liberación de París queda un tiempo guardada en los depósitos de obras de arte de la ciudad.

En 1946 la estatua vuelve a encontrar su lugar inicial en la Puerta de Champerret. Finalmente en diciembre de 1979 por decisión del alcalde de París de la época, Jacques Chirac, la estatua es desplazada al Cours La Reina. Hoy en día este lugar es punto de encuentro de los latinoamericanos, franceses y gentes provenientes de todo el mundo que manifiestan su simpatía y reconocimiento al prócer latinoamericano.

El Bolívar ecuestre de Frémiet en Bogotá que hacía parte del conjunto escultórico del Centenario del Natalicio del Libertador en el Parque de la Independencia fue inaugurado en 1910 siendo desplazado para dar lugar a la construcción de la calle 26 en 1958. La escultura fue desmontada y guardada hasta 1963 año de la inauguración del monumento a los Héroes por el nada glorioso presidente de Colombia de la época Guillermo León Valencia, el mismo que ordenara la invasión de las regiones de Marquetalia, El Pato, Riochiquito y Guayabero en el marco del plan Laso elaborado por los Estados Unidos.

dimanche 23 mai 2010

Cortázar



Una mañana de febrero, clara e invernal, me dirigía al liceo donde trabajaba por aquel entonces, cuando, en la esquina del establecimiento, quedé sorprendido: la calle desbordaba de flores, como nunca la había visto… coronas y más coronas de flores. Pensé que algún personaje habría muerto. Seguí avanzando. Al llegar al callejón que daba acceso al liceo, quedé petrificado. Fue apenas un instante, el segundo donde no hay tiempo: una flechita de cartón pegada al muro señalaba "pour visiter Monsieur Julio Cortazar". Apenas pude creerlo. En el mismo edificio donde daba mis clases, allí, en otro piso de ese edificio había vivido, y hoy había muerto, Julio Cortázar. Quizá me habría cruzado con él más de una vez. Y, cosas de la vida, por esos días cargaba en mi bolso "El libro de Manuel". No sabría decir por qué senderos se fugó mi pensamiento. Sólo recuerdo que ese día, en mi clase, se leyó y comentó "El libro de Manuel".

Recuerdo, la vez que lo vi. Fue en una conferencia en la UNESCO. Era alto, extremadamente delgado y tenía una mirada penetrante pero sencilla y bondadosa. 

La obra de Cortázar nos acompaña, es infinita, es un instante apretujado en el metro parisino, es un amanecer que nos sorprende en el puente sobre el cementerio de Montmartre mirando pasar los transeúntes apresurados o indiferentes, es el bar de la esquina de la rue de Rennes cerca del teatro du Vieux-Colombier, o allí por Montparnasse, o en Saint Germain. Es, en cualquier forma, mucho más. Porque Julio Cortázar es, y será siempre, una extraña y profunda manera de estar vivo.